Desde que tengo uso de razón, el cine se convirtió en la única forma que tengo de entender el mundo. No recuerdo mi vida sin él. Es el lugar donde entiendo quién soy y la herramienta que utilizo para cuestionar la realidad.
Un lugar donde la realidad se transforma, donde entiendes un poco más quién eres, y donde esa realidad se vuelve más verdad que nunca.
Desde muy pequeño, entrar en una sala de cine me ha parecido algo casi irreal: durante un momento, el mundo deja de funcionar como lo conocemos y empieza a obedecer otras reglas. Y lo extraño es que, aun así, todo se siente verdadero, palpable. Esa contradicción me acompaña desde entonces: la realidad puede cambiar sin dejar de ser real. No es solo un lugar donde veo historias, es un espacio donde el mundo se reorganiza y, por un instante, todo encaja.
Cuando era pequeño, me fascinaba asustar a mi hermana. Le contaba historias de terror inventadas, y lo que más me generaba atención no era la historia en sí, sino lo que la historia le hacía sentir, su reacción: su cara, su respiración, el momento exacto en el que aparecía el miedo. A través de ella entendí algo que sigo persiguiendo hoy: que una historia no existe realmente hasta que alguien la siente.
Algo que viví entonces de forma intuitiva, ese juego entre imaginación y reacción, ya estaba conectado con la misma idea que más tarde asociaría al cine: la posibilidad de entrar en un mundo con sus propias reglas, pero que solo cobra vida cuando alguien la ve y la siente.


